Torres y su peregrinación por Portugal

Según relata Torres Villarroel en su autobiografía, durante su destierro en Portugal en los años 1732 a 1734, hace promesa de peregrinar a Santiago de Compostela. Lo que resulta curioso es que decida hacer esa peregrinación atravesando Portugal, en lugar de hacerlo siguiendo la Vía de la Plata.

Con mi bordón en la mano,
al cinto mi calabaza,
y la Casa de las Conchas
al hombro, pecho, y espalda:

A caminar empecé
y no por la vía Láctea,
ni en la mejor vía, y forma,
que en derecho lugar haya;

Sino por donde juzgué,
que algún camino llevaba;
porque no digan de Torres,
que descaminado anda.

La razón de la elección de este original camino, no puede ser otro que el buen conocimiento que D. Diego  tenía de las tierras portuguesas de anteriores andanzas y vicisitudes.

Yo he rodado mucha parte de Francia, todo Portugal, lo más de España.

En su propia autobiografía, pueden encontrarse las citas referidas a sus estancias en Portugal.

Primera estancia en Portugal (1714-1715): escapada de juventud.

La primera estancia en Portugal coincide con el final de su periodo como colegial en el Colegio Trilingüe (5 de enero de 1714), momento en el que vuelve a casa de sus padres, pero su inquietud no le deja permanecer mucho tiempo en ella:

Un mes poco más estuve en ella, mal contento con la sujeción, atemorizado del respeto y escasamante corregido.

Durante ese periodo continúa con sus travesuras, hasta que decide entregarse a la buena ventura:

Precipitado de mis imaginaciones, una tarde que salieron al campo mis padres y hermanas y quedé yo en casa apoderado de los pocos ajuares de ella, tomé una camisa, el pan que pudo caber debajo del brazo izquierdo, y doce reales en calderilla que estaban destinados para las prevenciones del día siguiente; y, sin pensar en paradero, vereda ni destino, me entregué a la majadería de mis deseos y a la necedad de la que llaman buena ventura. Y una y otra, acompañadas de la soltura de mis pies, me pusieron aquella noche en Calzada de Don Diego.

Llega a Calzada de Don Diego, camino de Ciudad Rodrigo, donde después de unos momentos de arrepentimiento y duda, finalmente, decide continuar camino:

Tomé posada en las gavillas de las eras. Tumbado entre las pajas, empecé a sacar pellizcos de la provisión que llevaba en la maleta de mi sobaco y, con el pan en la boca, me agarró un sueño apacible y dilatado. Dormí hasta que el sol me caldeó los hocicos con alguna aspereza, y desperté arrepentido de haber dejado la acomodada pobreza de la casa de mis padres por la cierta desgracia del que camina sin conocimiento y sin dinero. Estuve un breve rato, mientras me sacudía de las pajas, lidiando contra las razones y los aciertos de volverme; pero quedé vencido o del temor a las reprehensiones que se me proponían o de los consejos de mi bribón apetito. Y, rompiendo por los trabajos, calamidades y miserias que me pintó de repente la consideración de mi cortedad y poca industria para buscar la comida, me encaminé a Portugal, sin proponérseme descanso, parada ni oficio a que me había de poner

Su viaje continúa hacia Almeida, donde conoce al ermitaño Don Juan del Valle:

Entré por Almeida, y por el camino iba discurriendo parar en Braga, en donde residía un paisano en cuya franqueza ya libraba mi antojo el sustento, el ocio y la diversión. Pasada la Ponte de Coba Camino Torres , encontré a un ermitaño que había algunos años que rodaba por aquel pedazo de tierra, que llaman los portugueses Detras de os montes; y oliéndome éste en la conversación que emprehendimos y en los humos de mi bagaje que yo iba, como suelen decir, a buscar la vida, me convidó con las solicitudes y mañas que él había encontrado para sostener la suya. Propúsome el descanso, quietud, libertad y provechos de la tablilla, la independencia de las gentes y peligros del mundo, los intereses y seguridades de la soledad y el retiro; y sus ponderaciones y unos trozos de pernil que se asomaban por las roturas de una alforja que llevaba su borrico me arrastraron a probar la vida de santero.

A ratos espoleando arena y a veces subido sobre el burro, caminaba yo con mi nuevo y primero amo hacia las cuestas de Mundín, donde me dijo que tenía su habitación y, no lejos de ella, la ermita que cuidaba.

Ponte de Coba será Ponte de Côa, y el Mundín al que alude Torres podría ser Mondim de Basto, o más probablemente Mondim da Beira, a unos cuarenta kilómetros al norte de Viseu, en las proximidades de Lamego.

La vida de eremita se prolonga durante cuatro meses, tras los cuales un pequeño desliz, le lleva a abandonar a don Juan del Valle y dirigirse a Coimbra:

Descuidóse en relinchar un poco mi juventud en una ocasión que habían venido a visitar el santuario unas familias portuguesas, estando ausente mi amo y mi maestro; y, medroso de que descubriese la incontinencia de unas licenciosas, indiferentes y equívocas palabras que le solté a una muchachuela que venía en la tropa, traté de huir de la aspereza con que ya me presumía reñido de la cordura de mi maestro y castigado del terrible rigor con que me pintaba a su semblante mi conocimiento, mi delito y su prudente queja. Y antes que se restituyese a la ermita, saqué mi ropa del arcón donde estaba depositada y, dejando el reverendo saco, marché acelerado con los temores de que no me encontrase en el camino de Coimbra, adonde me prometían mis ignorancias y antojos alegre paradero.

En Coimbra, se presenta como químico y maestro de danzar de Castilla y ejerce de médico y de danzante con más satisfacción y sin ningún peligro. Un asunto de unos indiscretos celos de un destemplado portugués, le obligan a abandonar Coimbra, llegando hasta Oporto, donde agota en ocho meses las no pocas ganancias obtenidas en Coimbra. Camino Torres Después de dilapidado su capital, pasa a hacerse soldado con el falso nombre de Gabriel Gilberto, en la compañía de don Félix de Sousa. Después de trece meses, unos toreros salmantinos, le facilitan su deserción, dirigiéndose hacia Lisboa, para después volver con ellos hasta Salamanca. Por vergüenza de que sus padres le vean con la gentecilla con quien venía incorporado, se despide de ellos en Valdelamula y permanece en Ciudad Rodrigo para preparar su vuelta a Salamanca.  Finalmente, coincidiendo con lo que relata al término del Trozo Segundo de su Vida, es perdonado por sus padres y vuelve a Salamanca, según él, mucho más calmado:

Las raras gentes que traté en las ridículas aventuras de químico, soldado, santero y maestro de danza, el crecimiento de los años y la mayor edad de la razón, me pasmaron un poco el orgullo, de modo que ya tomaba algún asco a las desenvolturas y libertades que había aprendido en la escuela de mi ociosidad y en las maestrías de mis amigotes.

Segunda estancia en Portugal (1732-1734): el destierro

La segunda estancia en Portugal, siendo ya Catedrático de Matemáticas, coincide con el periodo de destierro. Es acusado de haber sido cómplice de las leves heridas que su amigo don Juan de Salazar, inflige a un clérigo durante una discusión. Torres y Salazar huyen de la justicia dirigiéndose hacia Paris. No llegarán a la capital de Francia, ya que en Burdeos, después de ser informados del embargo de los bienes de Salazar, deciden volver a España, con la intención de comparecer ante la justicia e intentar resolver de forma más diplomática la situación. Desde Bayona, disfrazados de arrieros, se dirigen hacia Fuentelaencina, donde se dividen. Salazar toma el camino de Madrid, y Torres el de Salamanca. Salazar se entrega a la justicia, y es finalmente condenado a un año de residencia en el convento de Uclés. Torres después de estar un mes en Salamanca, es desterrado, y puesto en la frontera de Portugal, en el mes de octubre de 1732:

…y una mañana, cuando más olvidado vivía yo de mis desgracias, se entró por mis puertas el alcalde mayor don Pedro de Castilla y me notificó la orden del rey, en que su majestad se dignaba de que fuese extrañado de sus dominios. Salí en aquella tarde con dos corchetes y un escribano, y en treinta horas me pusieron en Portugal, sujeto a las leyes del señor don Juan V, el justiciero y piadoso monarca de aquel breve mundo.

Comienza aquí de nuevo una etapa en la que recorre distintos lugares de Portugal:

Rodando las aldeas, caseríos y ermitas cercanas a las hermosas ciudades de Coimbra, Villa-Real y Lamego Camino Torres , anduve cuatro meses bien divertido y regalado en las casas de los curas, los fidalgos, los jueces, los médicos y otras personas de gusto y conveniencias.

Pasa por Coimbra, donde a pesar de cambiar su nombre al de Francisco Bermúdez, no puede permanecer demasiado tiempo al temer encontrarse de nuevo con el celoso marido, que ya se mencionó anteriormente:

Con este trato humilde, agradable y astuto vivía en aquellos cortos lugares, hasta que, cansado de su brevedad, me mudé a Coimbra, adonde no pude detenerme sino muy poco tiempo, por causa de que aún vivía (aunque muy viejo y postrado) el majadero celoso que me dio motivo para dejar la vez primera que la pisé aquella hermosísima ciudad

Abandona Coimbra y continúa su viaje:

Antes que pudiese la casualidad o la malicia descubrir que yo era el Torres que solicitaban, dejé a Coimbra y vine a parar por otro par de semanas a Mirandela y a la Torre de Moncorvo

Para más desgracia durante este destierro sufre dos graves enfermedades. En la primera él mismo actúa de médico.

Fue la una un soberbio garrotillo, que me agarró bien descuidadamente en una miserable aldea de Portugal, en la casa de un pobre pescador honrado, piadoso y diligente.

Fui, en un tomo, el dotor, el cirujano y el enfermo; y quiso la providencia de Dios que, en un sitio tan retirado, tan mísero y tan inculto, no me faltase lo conducente para detener las atrevidas prontitudes del afecto.

Entre Trancoso y Ponte do Abad trascurre su segunda enfermedad, acentuada por la asistencia de un médico:

Fue la otra enfermedad una calentura ardiente que me saltó en el convento de San Francisco de Trancoso Camino Torres , en la que fui asistido dichosamente de un confesor sabio y devoto y de un médico necio e ignorante. En este peligro libró con más ventajas mi conciencia que mi cuerpo, porque en aquélla no quedó rastro ni reliquia de escrúpulo, y de mi humanidad aún no he podido ver sacudidas las maldades que dejó en ella o plantó de nuevo con sus malaventuradas zupias y brebajes. Después de diferentes recaídas, vino a parar en una tísica incipiente, y hubiera pasado a la tercera especie, a no haber escapado de sus uñas.

Desesperado con la asistencia y la ignorancia de este bruto dotor, determiné que un lego enfermero de la casa me diese un botón de fuego entre tercera y cuarta vértebra del espinazo, para que, abriendo una fuente en este sitio, se viniese a este conducto la destilación que corría precipitada a los pulmones. Con la esperanza de esta medicina, dictada a mi antojo, y sin temor a mi flaqueza ni a las injurias del temporal, me mudé a Ponte de Abad Camino Torres , lugar en donde, por la misericordia de Dios, no había médico ni boticario. Con la falta de estos dos enemigos, con mucha paciencia y el consuelo de ir palpando las buenas noticias que daba mi albañal, me vi libre en pocos días de tan rebelde y desesperada dolencia.

Las mediaciones ante la Corte de Juan de Salazar, su hermana Manuela y su sobrina Josefa de Ariño, consiguen que el Cardenal de Molina, por orden del Rey, le restituya a su cátedra de matemáticas. Ocurre esto después de algo más de dos años de destierro, en noviembre de 1734.

Tercera estancia en Portugal (1737): La peregrinación a Santiago de Compostela

Queda, ahora ya, más que claro el amplio conocimiento que Torres tenía del territorio portugués, y el porqué del trayecto que decide recorrer para llevar a cabo su peregrinación a Santiago de Compostela. Comienza esta peregrinación en 1736:

Y al año siguiente, que fue el de 1736, después de finalizadas mis tareas, empecé a satisfacer varios votos que había hecho por mi libertad y mi vida en el tiempo de mi esclavitud y mis dolencias.

Fue el más penoso el que hice de ir a pie a visitar el templo del apóstol Santiago, y fue sin duda el más indignamente cumplido, porque las indevotas, vanas y ridículas circunstancias de mi peregrinación echaron a rodar parte del mérito y valor de la promesa. Salí de Salamanca reventando de peregrino, con el bordón, la esclavina y un vestido más que medianamente costoso. Acompañábame don Agustín de Herrera, un amigo muy conforme a mi genio, muy semejante a mis ideas y muy parcial con mis inclinaciones, el que también venía tan fanfarrón, tan hueco y tan loco como yo, afectando la gallardía, la gentileza y la pompa del cuerpo y del traje, y descubriendo la vanidad de la cabeza. Detrás de nosotros seguían cuatro criados, con cuatro caballos del diestro y un macho donde venían los repuestos de la cama y la comida. Atravesamos por Portugal para salir a la ciudad de Tuy, y en los pueblos de buenas vecindades nos deteníamos, ya por el motivo de descansar, ya por el gusto de que mi compañero y mis criados viesen sin prisa los lugares de aquel reino, que yo tenía medianamente repasado. Divertíamos poderosamente las fatigas del viaje en las casas de los fidalgos, en los conventos de monjas y en otros lugares, donde sólo se trataba de oír músicas, disponer danzas y amontonar toda casta de juegos, diversiones y alegrías. Convocábanse, en los lugares del paso y la detención, las mujeres, los niños y los hombres a ver el Piscator, y, como a oráculo, acudían llenos de fe y de ignorancia a solicitar las respuestas de sus dudas y sus deseos. Las mujeres infecundas me preguntaban por su sucesión; las solteras por sus bodas, las aborrecidas del marido me pedían remedios para reconciliarlos; y detrás de éstas, soltaban otras peticiones y preguntas raras, necias e increíbles. Los hombres me consultaban sus achaques, sus escrúpulos, sus pérdidas y sus ganancias. Venían unos a preguntar si los querían sus damas; otros a saber la ventura de sus empleos y pretensiones; y, finalmente, venían todos y todas a ver cómo son los hombres que hacen los pronósticos, porque la sinceridad del vulgo nos creen de otra figura, de otro metal o de otro sentido que las demás personas, y yo creo que a mí me han imaginado por un engendro mixto de la casta de los diablos y los brujos. Este viaje le tengo escrito en un romance que se hallará en el segundo tomo de mis poesías, y en el Extracto de pronósticos, en el del año 1738, en donde están con más individualidad referidas las jornadas; aquí sólo expreso que sin duda alguna hubiera vuelto rico a Castilla si hubiese dejado entrar en mi desinterés un poco de codicia o un disimulo con manos de aceptación; porque, con el motivo de concurrir a la mesa del ilustrísimo arzobispo de Santiago, el señor Yermo, el médico de aquel cabildo don Tomás de Velasco, hombre de mucha ciencia, mucha gracia y honradez, hablaba de mí en todos los concursos (claro está que por honrarme) con singularísimas expresiones de estimación hacia mi persona y mis bachillerías. Agregáronse a su opinión y su cortesanía los demás médicos, y no hubo achacoso, doliente ni postrado que no solicitase mi visita. Atento, caritativo y espantado de la sencillez y credulidad de las gentes, iba con mi dotor sabio y gracioso a ver, consolar y medicinar sus enfermos, los que querían darme cuanto tenían en sus casas. Agradecí sus bizarrías, sus agasajos, y les dejé sus dones y sus alhajas, contentando a mi ambición con la dichosa confianza y el atentísimo modo con que me recibieron. Mucho tendría de vanidad y quijotada este desvío en un hombre de mi regular esfera, pero también era infamia hacer comercio con mis embustes y sus sencilleces, no teniendo necesidad ni otro motivo disculpable.

Dejando contentos a los médicos, y muy distraídos de aquel error común que me capitula de enemigo grosero y rencoroso de las apreciables experiencias de su facultad, y consolados a los enfermos, aquietando a unos sus aprehensiones y realidades con remedios dóciles, y persuadiendo a otros que la carestía de los medicamentos era el más oportuno socorro para sus dolencias, pasé a la Coruña, en donde me sucedió el aplauso y el honor de aquellos honradores genios con el mismo alborozo que en Santiago. Desde aquel alegre y bellísimo puerto de mar tomé el camino de Castilla por distintos lugares en los que merecí ser huésped de las primeras personas de distinción, agasajándome en sus casas con las diversiones, los regalos y los cariños. En medio de estar ocupado con los deleites, las visitas y los concursos, no dejaba de escoger algunos ratos para mis tareas. La que me impuse en este viaje fue la Vida de la venerable madre Gregoria de Santa Teresa, la que concluí en el camino, con el almanak de aquel año, antes de volver a Salamanca, adonde llegué desocupado para proseguir sin extrañas fatigas las que por mi obligación tengo juradas. Cinco meses me detuve en este viaje, y fue el más feliz, el más venturoso y acomodado que he tenido en mi vida, pues, sin haber probado la más leve alteración en la salud ni en el ánimo, salí y entré alegre, vanaglorioso y dichosamente divertido en mi casa.

Por último en la sección Bibliotheca puede consultarse una copia de la “Peregrinación al Glorioso Apóstol Santiago de Galicia” de año 1737. Se corresponde a la segunda impresión realizada en la Imprenta de la Santa Cruz, por Antonio Villarroel y Torres. Este romance jocoso, es el origen de este nuevo Camino Jacobeo que ahora presentamos y en él se da cuenta de los lugares de paso de Torres Villarroel en su viaje hasta Santiago de Compostela. En él se hace mención a Ciudad Rodrigo, Fuerte de la Concepción, Almeida, Pinhel, Trancoso, Ponte do Abade, Lamego, Braga, Valença do Minho, Tui y finalmente Santiago de Compostela.

Bibliografía

  • Diego de Torres Villarroel, Peregrinación al Glorioso Apóstol Santiago de Galicia, Estudio y edición de Jacobo Sanz Hermida, Librería Cervantes, 2003.
  • Diego de Torres Villarroel, Vida, Edición anotada e introducción de Manuel María Pérez López. Edifsa, 2005. Fundación Salamanca Ciudad de Cultura. Ver parte 1, 2, 3.

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